Atlético – Athletic: Poco fútbol y mucha polémica

Atlético – Athletic: Poco fútbol y mucha polémica

El Atlético se deja dos puntos en un partido más bien plano con final explosivo

«Si no puedes ganar, no pierdas». El famoso dicho popular puede servir para, alejándonos del conformismo, aceptar el empate de ayer sábado como algo no del todo negativo. Y es que, ya disputadas las cinco primeras jornadas de Liga, el Atlético cuenta con los mismos registros de hace una temporada: tres victorias y dos empates. Mismo arranque, distintas sensaciones.

Porque tras el empate en casa frente al Oporto, el pitido inicial del tan discutido Gil Manzano debía ser el preludio de una versión mejorada del conjunto de Simeone. Un equipo con mucha más fluidez, circulación rápida de pelota, pegada y, claro está, gol. En frente, el planteamiento de Marcelino recordó en buena medida al de Conceição: un Bilbao disciplinado, muy bien organizado, en un bloque compacto, con las líneas juntitas para cerrar pasillos interiores y, pese a unos primeros instantes de presión alta, replegado con la intención de salir rápido al contraataque. Y pudo tener su premio en un mano a mano que Williams decidió mandar al limbo, así como en alguna que otra llegada con peligro.

El Atlético, desde el comienzo, llevó el peso del partido, tratando de encontrar en la figura de De Paul ese organizador, capaz de distribuir con velocidad, juntar o alejar al equipo, cambiar el juego, surtir de buenos balones a los de arriba y, en definitiva, crear. El argentino no terminó de erigirse en dueño y señor del centro del campo, pero tuvo buenos momentos, tratando de acelerar el juego de un Atleti lento en la circulación, dando visos de un estado físico todavía deficiente. No salió bien la inclusión de Lodi, impetuoso en algunas acciones, mal perfilado a la hora de controlar y más preocupado de vigilar su espalda que de participar de forma activa en la fase ofensiva. Lo que, finalmente y como suele ocurrir, provocó que quedase a medias en ambas tareas. Como decía, al equipo le faltó fluidez y velocidad en la distribución, incapaz de encontrar, la mayor parte del tiempo, alguna grieta en el entramado defensivo de Marcelino.

De Paul, con el Atlético

Rodrigo de Paul, controlando ante la oposición de varios rivales. FOTO: Ángel Gutiérrez | Atlético de Madrid

Sí parecieron aflorar esas grietas con la sociedad Trippier-Llorente; el primero poniendo el balón en profundidad y el segundo atacando con energía y explosividad ese intervalo central-lateral, para pisar línea de fondo (chupito) y poner el pase atrás. Sin embargo, se topó con un desacertado Griezmann que no logró materializar dos asistencias de Marcos. El francés, como Correa, apenas tuvo incidencia en esa primera mitad, aunque es de recibo mencionar que pocas veces los encontraron por dentro. Fruto, en gran medida, de ese Athletic tan bien organizado, donde predomina el rigor táctico sobre todo lo demás. No obstante, Correa sí pareció interpretar mejor los espacios, con alguna que otra recepción y giro con peligro.

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Así, con el mecanismo Trippier-Llorente como único argumento ofensivo, la primera mitad llegó a su fin. Los de Simeone apenas habían generado peligro. Los de Marcelino habían realizado alguna buena transición, pero sin ir más allá. En la reanudación, sin cambios, pudimos observar un Atlético más agresivo, decidido y espoleado en el tramo inicial, traducido en un cabezazo de Correa que se marchó alejado de la meta de Unai Simón. Simeone daba entrada a Herrera, Suárez y Carrasco por Griezmann, Kondogbia y Lodi. Poco después, João hacía lo propio por Correa. Pero seguían sin llegar las ocasiones. El Atlético no lograba imponer un ritmo alto de juego; más voluntariosos que precisos. Y es que, sin físico, no hay precisión.

Gil Manzano, protagonista

El encuentro prosiguió con la tónica general. Simeone, pese a un buen De Paul, echaba de menos a Lemar: sin el francés, el equipo no encontraba referencias por dentro, nadie aceleraba las jugadas. Nadie generaba ventajas a través del regate y nadie lograba construir con fluidez desde lo asociativo. El Bilbao avisaba a la contra. Y en el 79′, aparecía Gil Manzano. El mismo que no había añadido ni un solo minuto en la primera mitad. Gil Manzano como ejemplo claro del árbitro español.

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Porque, en ocasiones, cuesta diferenciar (en España, claro está) quién es el verdadero protagonista: si el colegiado, o el futbolista. Gil Manzano es ese modelo de árbitro moderno: ego por las nubes, envalentonado, con un afán de protagonismo sin igual y, por si no quedaba claro, arrogante. Alejado de su papel de mero arbitrio. Un agarrón prolongado de Vencedor sobre João no solo conllevó la NO sanción del jugador del Bilbao. Derivó en amonestación al propio João por «golpear con el brazo de manera temeraria tras haber sido objeto de falta». Hasta los mismos comentaristas coincidieron en que había sido involuntario, y obviamente como se aprecia en la repetición, fruto del agarrón de Vencedor y el desequilibrio que este provoca.

Claro que la desconsideración de João debe conllevar amonestación -pese a que el mismo gesto, con otra camiseta, pueda quedar sin sancionar-. Pero… ¿Por qué en esta Liga solo se penaliza el error del futbolista? ¿Qué pasa con esos errores arbitrales de bulto que, jornada tras jornada, siguen produciéndose sin consecuencia alguna? El error de João fue penalizado. El de Gil Manzano, no. Volverá a arbitrar en unos días. ¿Por qué no existe un régimen sancionador que penalice también el error arbitral? Lejos de ello, venimos observando la transformación del Comité Técnico de Árbitros en una suerte de tribunal inquisitorio, incapaz de reconocer el error y, en su defecto, sancionando con penas bochornosas al que se atreve a alzar la voz. Hay errores, y muy graves. La leyenda urbana de «la nevera» ya no tiene cabida. Urge reformar el CTA y que los árbitros vuelvan a la esfera terrenal. Por lo menos, que se reconozca el fallo (como sucede con el futbolista) y se penalicen los de bulto.

Tras la expulsión de João, pese a un tiro al palo de Llorente que enmudeció a todo el Metropolitano, el partido transcurrió por los derroteros esperados. Al final, un empate a ceros que, pese a no satisfacer al equipo rojiblanco, siempre es mejor que una derrota. Más aún, viendo los tintes finales que adquirió el encuentro. (Todavía seguimos esperando la repetición, ya no revisión, de la posible agresión de Vivian a Suárez). El Atlético es el equipo más amonestado en esta Liga: 22 tarjetas amarillas y 2 expulsiones. Lo sorprendente: es el noveno equipo con más faltas cometidas.

Simeone seguirá ajustando piezas y, sobre todo, velando por un tono físico óptimo. El equipo, seguro, empezará a carburar. Pues el personaje de Gil Manzano, que según Savić y Carrasco ni siquiera se digna a establecer diálogo con sus «iguales», no debe alejar el foco de la falta de ocasiones y el juego más bien plano del equipo. Un equipo que, contra todo y contra todos, sigue en la pomada. Con el partido a partido más vivo que nunca.

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